Cuando empecé a trabajar, hace ya muchos años, el tiempo que le dedicaba a “reuniones” era mínimo. Era más un trabajo de escritorio y mucha comunicación telefónica. Se hacían reuniones, si, pero más esporádicas y difíciles de concertar. Se trabajaba más aislado pero con comunicación directa cuando hacía falta.
Pero …
Cuando surgió la posibilidad de enviar correos entre personas (correos mail internos) la información comenzó a circularizar en forma más fluida y con gran valor para las empresas. Estos sistemas novedosos incluyeron una funcionalidad nueva: la posibilidad de concertar reuniones (calendar) entre varias personas.
Y todo cambió.
Hoy en las empresas, el día transcurre entre reunión y reunión. De una reunión a otra reunión. Superposición de reuniones. Reuniones tras reuniones. ¿Querés ver un tema conmigo? No me llames ni me hables, invítame a una reunión.
Reuniones productivas algunas, otras no, pero todo pasa y gira alrededor de reuniones.
Es un buen ejemplo de cómo una herramienta tecnológica ayuda y no ayuda al mismo tiempo. Recuerdo dos cosas que hacía cuando era “víctima” y “esclavo” de la calendarización de mi tiempo. Me bloqueaba las mañanas con reuniones conmigo mismo, dado que mis mañanas son las mejores para mí para pensar en soledad. Y también el autobloqueo de algunas tardes donde tenía cosas para hacer que requerían tiempo mío y no quería ser invadido por reuniones.
En definitiva, nuestra vida “profesional” no puede ser solo una suma de reuniones diarias. Nuestro tiempo de trabajo tiene que tener sus tiempos, autonomías, y manejada según nuestra agenda.
Ser dueño de nuestro tiempo es un derecho, y también debe ser una opción. Herramientas tecnológicas aparte.