El mundo de marketing y de los medios ha descubierto ya hace tiempo el valor de la emoción como parte del discurso y del contenido de cualquier formato. El lograr emocionar, conmover, movilizar y sensibilizar a la gente es una forma probada para llamar la atención.
Contar historias (storytelling), de personas con vidas interesantes, acompañadas por escenarios intimistas, música de piano o violines con la melodía correcta, y conductores empáticos con las preguntas justas… todo juega para poder disparar la emoción en las audiencias. Super efectivo.
Como si fueran series on demand, existe un delivery algo exacerbado de emociones a flor de piel. Todo rumbea para ese lado. Cual gran reality de la vida, se nota que el “querer emocionar” es lo único que se pretende o importa. ¿Hasta cuándo puede funcionar este recurso? ¿Es un recurso limitado?
Puede haber entonces una posible saturación del recurso, llevando a que se juegue fuerte (demasiado) para provocar emoción, con situaciones cada vez más extremas (inclusive apelando a golpes bajos, muy bajos) o en contextos donde la emoción puede sonar forzada o fuera de lugar.
En definitiva, es importante recordar que la emoción es un recurso, un recurso hermoso, pero no único: como todo en el marketing, nada es cierto, nada es para siempre, y lo que hoy sirve mañana puede ser que no.